POR: Alfredo Sánchez Carballo
Imagina volver a casa después de años en un campo de
batalla. Las explosiones han cesado, pero el ruido sigue retumbando en tu
cabeza. Los traumas de la guerra no son solo heridas físicas; son cicatrices en
el alma que afectan a soldados, familias y comunidades enteras. En este post,
exploramos qué son, cómo se manifiestan y por qué todos debemos prestarles
atención.
Primero, ¿qué es un trauma de guerra? No es solo el estrés
postraumático (TEPT), aunque es el más conocido. Incluye ansiedad constante,
pesadillas recurrentes, ira explosiva o una desconexión emocional que hace
imposible disfrutar de la vida cotidiana. Según la Organización Mundial de la
Salud (OMS), hasta el 20% de los veteranos de conflictos armados padecen TEPT.
Pero no solo ellos: las familias de los combatientes sufren "trauma
vicario", al ver cómo un ser querido se transforma en alguien distante o
agresivo.
Estos traumas alteran la interacción social. Un soldado que
regresa puede evitar multitudes por miedo a un ataque sorpresa, aislarse de
amigos y perder el trabajo por falta de concentración. En sociedades como la
nuestra, donde la guerra parece lejana (piensa en Ucrania o Gaza), ignoramos
cómo estos efectos se extienden: aumenta el divorcio, la violencia doméstica y
hasta el suicidio. En México, veteranos de misiones internacionales o víctimas
de violencia armada local viven esto en silencio.
¿Por qué pasa? El cerebro humano no está hecho para la
guerra. Bajo estrés extremo, libera hormonas como el cortisol, que
"reconectan" circuitos neuronales. Es como un interruptor que se
queda atascado en modo supervivencia. La buena noticia: se puede tratar.
Terapias como la cognitivo-conductual, el EMDR (desensibilización por
movimientos oculares) o grupos de apoyo ayudan a "reiniciar" ese
interruptor. Comunidades que fomentan el diálogo abierto, como en programas de
reinserción en Colombia post-conflicto, reducen el estigma y aceleran la
sanación.
Como sociedad, nuestra interacción debe cambiar. Escuchemos
sin juzgar, integremos apoyo psicológico en políticas públicas y eduquemos
sobre estos "enemigos invisibles". La guerra termina con un tratado,
pero sus traumas necesitan empatía colectiva para curarse.
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